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Inicio de las obras de ampliación de la avenida San Juan
de Letrán, ciudad de México, ca. 1934. Al fondo
se aprecia el edificio de La Nacional, considerado el "primer
rascacielos mexicano".
Al lado, la iglesia de Santa Prisca, demolida durante las obras.
Foto: Archivo Carlos Contreras.
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San Juan de Letrán(*)
A continuación se
narran los pormenores de una de las avenidas emblemáticas
de la ciudad de México, que hoy es una sección (entre
las calles de José María Izazaga y Francisco I. Madero)
del Eje Central Lázaro Cárdenas, el cual en su totalidad
corre desde Río Churubusco, al sur de la urbe, hasta donde
termina la avenida de los Cien Metros, en el extremo norte.
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ALEJANDRINA
ESCUDERO • HISTORIADORA
Centro Nacional de Investigación, Documentación e
Información
de Artes Plásticas, México
hisescudero@yahoo.com.mx
La pasión según San Juan de Letrán
Arturo Márquez
Obertura
En la ciudad de México, San Juan de Letrán es una vialidad de larga tradición histórica y cultural; urbanistas, poetas, escritores y pintores se han ocupado de ella; los capitalinos y los visitantes, nacionales y extranjeros, han recorrido esa calle “viva y venenosa”, tal como la llamó Efraín Huerta, y main street, calificada por Salvador Novo.
Los primeros trabajos para convertirla en la calle
principal de la ciudad surgieron en la década de 1930, cuando
se inició su apertura y ensanchamiento; sin embargo, pasaron
algunas décadas para que se convirtiera en la que hoy conocemos;
por ello, podríamos decir que San Juan de Letrán es
joven, todavía no cumple sus cien años. En cambio,
la avenida Reforma sería su abuela, pues fue en el siglo
XIX cuando el emperador Maximiliano ordenó su trazo, en terrenos
todavía baldíos. A diferencia de San Juan de Letrán,
que se abrió paso a fuerza de la pala y la piqueta, como
antes se decía, Reforma trató de asemejarse a los
Campos Elíseos parisinos y San Juan de Letrán a las
calles principales de alguna ciudad norteamericana; la primera,
flanqueada por residencias señoriales para las clases altas;
la segunda, trazada para el tráfico vehicular y el comercio,
fue tomada por las clases medias.
Adagio
El tramo al que me referiré en estas notas es su corazón, esa parte que le ha dado su vitalidad y ritmo interno. Está enmarcado en la desembocadura de dos de los que fueron acueductos de la ciudad: la fuente de la Mariscala y la del Salto del Agua; el primer acueducto daba principio en la parte occidental de Chapultepec, recorría con sus 900 arcos la calzada de la Verónica y daba fin en la Mariscala. El otro, con el mismo número de arcos, tenía su origen también cerca de Chapultepec, sus aguas transitaban por la calzada de Belem e iba a terminar en la Fuente del Salto del Agua.
En el siglo XIX este trayecto empezaba de norte a sur con Santa Isabel, que en sus orígenes fue una calle de agua y, por siglos, límite poniente de la traza. La calle llamada San Juan de Letrán abarcaba la parte oriente del Convento de San Francisco, desde la hoy Madero hasta Venustiano Carranza. Ese nombre se debe a que en ella se situaba el afamado Colegio de Letrán, en donde nació nuestra literatura. Seguía la calle del Hospital Real, la del Tecpan de San Juan y luego Salto del Agua o Plaza de Tumbaburros. El paisaje de la calle en esta época bien lo describiría la estrofa de un jarabe famoso que decía: “Calles muy mal empedradas, / un poco de neblina, / un farol en una esquina /está dando las boqueadas.”
Durante el porfiriato, con la expansión
de la ciudad hacia el sur-poniente, esta calle se convirtió
en un lugar privilegiado, elemento de unión entre la traza
antigua y la moderna. El núcleo central de la ciudad ya había
sufrido grandes modificaciones; las calles que de él partían
empezaron a prolongarse hacia el poniente hasta desembocar en San
Juan de Letrán. Por ejemplo, en 1901, con la demolición
del antiguo Teatro Nacional, se abrió la avenida Cinco de
Mayo. Esas calles perdieron su nombre que estaba vinculado a su
origen, y cambiaron de acuerdo con el nuevo calendario patrio: Venustiano
Carranza, Madero, Cinco de Mayo, 16 de Septiembre.
Esta expansión de la ciudad nos heredó, sobre esa calle, algunos edificios ejemplares del porfiriato: el Teatro Nacional que se convertiría en el Palacio de Bellas Artes, el edificio de la Mutua y Correos.
Allegro ma non troppo
En 1933 el arquitecto Carlos Contreras publicó
su Plano Regulador del Distrito Federal, en el cual las
vías de comunicación eran el asunto más urgente
por atender en una ciudad de un millón de habitantes y con
un crecimiento importante del número de automóviles.
El sistema vial y el de medios de transportes los dividía
en arterias principales, bulevares y vías-parques; calles
secundarias de diversos tipos; canales, y lagos. Los medios de transporte
eran por ferrocarril, tranvía, automóvil, camión,
avión, por agua y a través de vías subterráneas
de tránsito rápido.
En el proyecto del urbanista, las grandes avenidas que cruzaran la ciudad servirían de lazo de unión, de canales de intercambio, de estímulo a la economía y de recreo del turista. Por ello, las circulaciones debían ser “uno de los más completos, más eficientes y más bellos de mundo”, por lo que el proyecto era ambicioso, costoso y a largo plazo. El trazo general consistía en la apertura, alineación o creación de grandes ejes: el eje Norte-Sur, el Oriente-Poniente y los bulevares de circunvalación interior y exterior.
San Juan de Letrán iba a ser el Eje Norte-Sur, cruzaría la ciudad y se convertiría en la avenida más larga y la de mayor importancia, trazada muy de acuerdo con los grandes bulevares estadounidenses. La propuesta era que se ampliara a un ancho de 35 metros de paño a paño de construcción. Se extendería hacia el sur por Niño Perdido, el Río de la Piedad hasta unirse con el camino a Cuernavaca. Hacia el norte, el proyecto planteaba su extensión hasta Tlalnepantla.
En 1933 se emprendió la ampliación,
alineamiento y prolongación de San Juan de Letrán
hasta Niño Perdido. Con la ampliación fueron afectados
particularmente los edificios de la acera oriente; algunos fueron
fragmentados y otros completamente demolidos. Las negociaciones
eran enfadosas, con gestiones largas y tardadas para desocuparlos
y desacuerdos por las indemnizaciones.
Con Contreras a cargo de las obras, entre 1933 y 1934, se terminó el primer tramo de avenida Juárez hasta Arcos de Belén. En el cardenismo se interrumpieron por falta de apoyo. Años más tarde, se continuó con la ampliación y apertura de ésta que iba a ser la principal vialidad de la ciudad.
Andante
José Juan Tablada comparaba Reforma, que
mostraba una fisonomía francesa, con San Juan de Letrán
y prefería la primera, ya que ésta era el emblema
de la ciudad yanqui, vertiginosa y cambiante, la calle del comercio,
la ancha vía, el “Broad-way” de la ciudad. Para
él San Juan de Letrán era una prueba de nuestra inferioridad
pues sus edificios eran copias de la arquitectura extranjera: “cines
que huelen mal, tabernas degradantes; peores casas de juego y hoteles
que de los excelentes norteamericanos, sólo tienen el nombre
exótico”.(1)
En los años cuarenta del siglo pasado, la flamante y ancha
avenida de San Juan de Letrán que llegaba hasta el Niño
Perdido, se convirtió en la arteria que concibió el
urbanista, es decir, la de mayor tránsito comercial; situada
en el centro de la ciudad se transformó en su nuevo corazón
y el centro del mundo, como lo asienta Vicente Quirarte: “Vivir
en el centro no sólo era vivir en el corazón de la
ciudad, sino latir en el centro del mundo.”(2)
De esos mismos años José Emilio Pacheco ofreció su testimonio como caminante:
San Juan de Letrán […] huele
a tacos de canasta y de carnitas, a tortas compuestas, tepache,
jugo de caña, aguas frescas, lámparas de kerosen,
perfume barato, líquido para encendedores, dulces garapiñados,
papel de periódico y revista, de librito de versos de Antonio
Plaza y novelita pornográfica. Es imposible caminar rápido
porque la acera se encuentra atestada por los que no tienen trabajo
o acaban de llegar del campo y toman fotos instantáneas,
pregonan billetes de lotería, venden toques eléctricos
[…] huevos duros, charales, chupamirtos para la suerte
en el amor, barajas españolas, fotos de estrellas cinematográficas,
puñales con inscripciones retadoras […] imágenes
del Sagrado Corazón y de la Virgen de Guadalupe.(3)
Esto y más se encontraba en sus flancos; los peatones de aquellos años fueron inmortalizados por los fotógrafos que, según la historiadora Mireya Bonilla, en gran número recorrían de sur a norte ese espacio que se consagraría desde entonces “como la geografía emblemática de esta actividad”. También afirma que “por medio de las instantáneas los peatones hacían suya la calle y se la llevaban con su imagen al álbum familiar. Sin poses ni amaneramientos, precisamente tal como ejercían la calle, la ciudad”. Esas imágenes mostraban a unos padres con la pequeña hija de la mano; al señor con el segundo frente o con el tercero; al trabajador con overol y portavianda; a los jóvenes tarzanes; a los noviecitos abrazados, o las tres niñas popof. Ciertamente sin poses, tal como eran. ¿Quién de nuestros padres y tíos no fueron inmortalizados en San Juan de Letrán?
Así, a pesar de que el urbanista la hizo para el servicio de los automóviles y la velocidad, empecinadamente, esta avenida fue en contra de su plan urbanístico y se convirtió en la calle del comercio y del peatón.
De ésta, nuestra calle, Quirarte, estudioso de la urbe, lo asienta:
En cuanto pones el pie en San Juan de Letrán,
redescubres que ésta fue la calle de la ciudad por antonomasia.
Por San Juan de Letrán caminó todo México,
cuando la calle era la arteria inagotable de la urbe, fuente para
la sed vampírica de sus exploradores. Caminó todo
México, porque al contrario de otras calles que permiten
ser ejercidas desde el autobús o el automóvil, San
Juan de Letrán es el espacio por excelencia del peatón.
Río Amazonas de tu orografía urbana, la ciudad de
México se llamaba San Juan de Letrán.(4)
A pesar del cambio de nombre en 1978 y sus varios kilómetros, en el siglo XXI las aceras de su corazón no han sido suficientes; algunos de sus treinta y cinco metros de ancho han sido invadidos: por el peatón y por el comercio informal. ¿Y los automóviles? Ellos marchan tan lentamente como el caminante, que va resuelto a perderse en ese “río Amazonas” entre cantos de sirena de la piratería, de las segundas, de las mercancías de “Roberto” y de las chinoiseries, es decir, de la fayuca china.
Con todo el valor del mundo, quien va dispuesto
a perderse en San Juan de Letrán también se dispone
a perder la cartera y otras cosas. No importa. Nosotros, caminantes
de San Juan de Letrán, vamos resueltos a transitar por una
cartografía imposible, en la que se hace más realidad
el aserto que dice: “Las calles, como las mujeres, se vuelven
parte de nuestra existencia y aunque dejemos de mirarlas y transitar
por ellas, siempre quedarán sus perfumes secretos.”(5)
Notas
* Ponencia leída en el Segundo
Encuentro de Cronistas del Distrito Federal y Zonas Conurbadas (Canoas,
carretas… hasta el metrobús), marzo de 2006 en la Casa
de la Cultura Jaime Sabines, San Ángel, ciudad de México.
1. Vicente Quirarte, Elogio de la calle. Biografía
literaria de la ciudad de México, 1850-1992, México,
Ediciones Cal y Arena, 2001, pp. 611-612.
2. Idem.
3. Ibidem, pp. 612-613.
4. Ibidem, p. 610.
5. Idem.
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